
Los Elegidos: entre el polvo y la palabra
Ha causado un gran revuelo —¡cuándo no!— la designación de los escritores que nos representarán en la Feria del Libro de Buenos Aires. Algunas voces respetables, a quienes no les falta razón, han señalado que otros literatos nos representarían con un mayor brillo y una trayectoria consagrada ante los ojos del mundo. Sin embargo, no podemos pedirle a nuestra literatura que se presente siempre bajo un canon de perfección absoluta cuando camina sobre un terreno complejo, luchando por mantenerse en pie.
Estas voces convocadas, con sus distintos matices, son las que emergen de una cotidianidad que lidia con grandes desafíos. Hablamos de los que permanecen aquí, escribiendo en un país con una inestabilidad que no solo sacude la política, sino que deja a la educación sin un norte claro. En este escenario, los estudios requieren de un tiempo y un dinero tan esquivos que convierten a la formación literaria en un camino difícil de democratizar.
Por eso, censurar a quienes nos representan es, en cierto modo, censurar la frágil realidad que los rodea; es censurar a quienes escriben entre el estrépito del tráfico y la lucha constante por sobrevivir en un sistema que no les pone el camino nada fácil.
Sin embargo, hay una tarea pendiente que trasciende cualquier lista oficial. Para que el Perú lea, para que el alma de nuestros «lectores de a pie» se ensanche, la literatura tiene que dejar de ser percibida como un objeto de vitrina o un eco del pasado.
Si el Quijote no baja a la calle a jugar fútbol, si no se sienta en la berma a conversar con el joven que hoy solo conoce el vértigo de un videojuego, seguirá siendo un extraño. Un escritor actual podría decirnos con pragmatismo: «Oye, no te rindas, sigue intentando mejorar las cosas aunque parezca difícil». Es un mensaje necesario, pero al que le falta ese fuego que solo el arte enciende. Solo la literatura —esa que anhelamos que todos descubran— puede decirnos con la grandeza de Cervantes:
«Levántese de esa cama y vámonos al campo… que la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, por la sola mano de su propia melancolía».
Ese es el tesoro que los lectores de a pie merecen conocer. Pero para que lo encuentren, el Quijote debe seguir ensuciándose las botas, tal como lo viene haciendo desde hace siglos, pues fue él el primero en deambular de lado a lado buscando justicia. Cambiemos nuestra mirada para cambiar la realidad: que la lectura deje de ser esa visita obligada, para convertirse, al fin, en un refugio amigo.
Solo cuando la belleza del lenguaje camine al lado del esfuerzo diario, dejaremos de ser un país que lee poco para convertirnos en una nación que sueña. Y esa, al final del día, es la única representación que realmente importa.

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