
LA MONTAÑA RUSA DEL «ENTER»
Dicen que no soy nativa digital (Marc Prensky, 2001), pero yo sostengo que sí lo soy, porque he recorrido todas las calles de la evolución tecnológica. Vengo de la Olivetti verde, donde el error se pagaba con papelito corrector («tiper»). Pasé por la máquina eléctrica —¡aquella velocidad extrema!— hasta que llegó la gloria: la máquina con una pequeña pantalla que permitía previsualizar lo escrito. ¡Adiós «típer»! Ver el texto y corregirlo antes de imprimirlo era, para mí, el futuro.
No me sorprendieron tanto las primeras computadoras con su fondo negro y aquel cursor de texto verde loro. Sentía que ya podía venir lo que fuera; yo ya habitaba el mañana. Por todo ello, coincido más con la propuesta de White y Le Cornu (2011) sobre los conceptos de residente y visitante digital. Soy tan residente como cualquier nativo; y es más, me defino como una residente evolutiva digital dixit.
Las herramientas han cambiado, pero no la unidad de sentido. Esa que convierte un mensaje en una idea integral y en un pensamiento estructurado. Sin embargo, en esta era de la inmediatez, la estructura ha sido desplazada por el «mensaje en ráfaga».
Imagina que recibes estas notificaciones, una tras otra, con segundos de diferencia:
📲 «Amor…» (Atención: ¿qué pasó?)
📲 «Tengo que contarte algo del trabajo» (Ansiedad: ¿problemas?)
📲 «No me darán el aumento ofrecido» (Decepción: ¡adiós, planes!)
📲 «De 500, ahora me ofrecen 1000» (Alegría: ¡Oh, qué bueno!)
📲 «A condición de que trabaje presencial» (Expectativa: ¿quién cuidaría a los perros y organizaría la casa)
📲 «Contrataríamos a una asistente» (Cierto alivio: ¡hay solución!)
📲 «Pero, cobra 1000 al mes» (Desilusión: ¡Quedaríamos en cero!)
📲 «¿Qué opinas?» (Frustración total: perdemos tiempo y traslado)
Estoy segura de que te ha pasado más de una vez. Esta forma de «comunicación» se está extendiendo entre todas las generaciones. Al usar el «Enter» como si fuera una coma, se rompe la cohesión textual. El receptor se ve forzado a transitar por diversos estados de ánimo en treinta segundos y un simple mensaje se convierte en una montaña rusa emocional.
Escribir línea por línea es un reflejo de la vorágine actual, pero esa prisa nos desconecta de la realidad del otro. Poner atención a lo que escribimos —y a cómo lo escribimos— es un acto de respeto y de empatía.
La cohesión y la claridad son un regalo para quien recibe el mensaje. Hagamos el esfuerzo de redactar ideas completas antes de presionar ese «Enter» compulsivo. Recuerda que al otro lado hay alguien sintiendo tus pausas.




