En el Perú de la última década, la política ha engendrado un Frankenstein de tres cabezas, un partido compartido llamado «Fuerza Libre de Progreso».
Este organismo mutante nació en 2016. La cabeza Fuerza aportó una diestra disciplina de la demolición moral, demostrando que «lo que se hereda también se hurta». Su mayor logro ha sido gobernar desde el escaño: sin banda presidencial, pero con una banda de los más prontuariados. Ha usado la «Cuestión de Confianza» y la «Vacancia por Incapacidad Moral» (¿es en serio?) para demoler gabinetes enteros, eliminando de su camino a ministros clave que obstruían su crecimiento y buscaban abortar a la criatura antes de que terminara de devorar las instituciones. La cabeza Libre se puso el sombrero del pueblo para que el asalto pareciera una «revolución». Esta facción siniestra defiende los derechos de los «no civiles», de los que caminan por la sombra, agitando una retórica de lucha de clases para distraer a los incautos mientras se reparten el botín. Y para que nada falte, la cabeza Progreso funciona como el «Yape» institucional; es la encargada de las transacciones rápidas que aseguran que el dinero fluya «como cancha» bajo la mesa.
Los «logros» de este Frankenstein de tres cabezas son de antología:
1. Captura del Tribunal Constitucional, poniendo a sus «amigos» para asegurar que nadie cuestione sus «leyes».
2. Interferencia en la reforma universitaria, favoreciendo a las universidades «chicha» que lucran otorgando un título con el peso de un cartón.
3. Control absoluto de la Mesa Directiva, turnándosela como quien se turna el control de la tele en casa.
4. Un autoaumento de sueldo del 40%, que en la realidad es una cifra que representa más de 31 veces el sueldo mínimo.
5. Asalto a la voluntad popular: En 2018 el pueblo les gritó un NO ROTUNDO a la bicameralidad. Sin embargo, entre gallos y medianoche, decidieron que 130 bocas no eran suficientes y pasaron a 190 para el próximo festín.
Lo que ha ocurrido en el Palacio de la Comedia en los últimos diez años, donde han desfilado ocho rostros que cruzaron una vara poniéndola cada vez más abajo, es que quien venga ahora solo podrá reptar.
Y se vienen elecciones. El casting es de terror porque nuestro Frankenstein tiene, además, un enorme vientre de alquiler para parir a cualquier engendro que le prometa lealtad, sin importar de qué lado de la diestra o la siniestra venga. El vientre está abierto para recibir a los hijos no natos de la misma anatomía del saqueo.
La verdadera absurdidad de este Frankenstein político es que nosotros sigamos creyendo que de una criatura tan contrahecha pueda nacer algo que camine erguido.
Que el último en salir, no apague tu luz.

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